Comencemos con una pregunta obvia, pero necesaria: ¿Qué es el arte clásico? Según el diccionario de la Real Academia Española, es “clásico” un “modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia”, pero también, hablando de historia de la literatura o del arte, el “periodo de mayor plenitud de una cultura”. En una palabra, el hispanohablante normal, en opinión de nuestros académicos, da por sentadas dos ideas: que existen obras modélicas, y que las culturas, como los seres vivos, tienen un periodo de crecimiento, otro de madurez o plenitud y otro de vejez o decadencia.
Sin embargo, la propia Academia, cuando se enfrenta al término “clasicismo”, le da una definición inesperada: “Estilo artístico o literario conforme a los ideales de la Antigüedad grecorromana”. Si tenemos en cuenta las anteriores definiciones de “clásico”, ¿es que considera alguien, aún hoy, que el arte de Grecia y Roma es un modelo digno de imitación? ¿o es que se ve el arte antiguo como una sucesión de fases, de las que sólo una –la central- sería “clásica”? Posiblemente quepan las dos posibilidades: ¿No seguimos llamando “Periodo Clásico”, en nuestros libros de arte, al que cubre los siglos V y IV a.C. en Grecia, para oponerlo al Arcaísmo y al Helenismo? ¿No hemos visto, hace unas décadas, intentos programáticos de resucitar la arquitectura de Grecia y Roma en el llamado precisamente “Clasicismo Moderno”?
A nadie se le oculta, desde luego, que estas ideas corrientes acerca de lo “clásico” y del “clasicismo” encierran muchas contradicciones, y que, en cierto modo, se explican como fruto de la Historia: la arquitectura y el arte de Grecia y Roma, cuando se descubrieron en el Renacimiento, fueron vistos, en efecto, como magníficos modelos a imitar, pero pertenecientes a un magma cultural indiferenciado: el de “los antiguos”. Para un Vignola o un Palladio, la arquitectura digna de admiración y análisis era la que se veía en Roma (fig. 1), ilustrada por los textos de Vitruvio; para cualquier escultor de esa época, Miguel Ángel por ejemplo, no había diferencia sustancial –salvo en calidad artística- entre un sarcófago romano y el Laocoonte.
La situación cambió cuando J.J. Winckelmann, a mediados del siglo XVIII, planteó para el arte antiguo una visión histórica. Lo hizo basándose en los conceptos de ideal y de belleza, que él exaltó con entusiasmo: existía un ideal griego –el único posible-, que la Hélade sólo alcanzó, superando a egipcios y etruscos, tras una fase mal conocida: “el estilo más antiguo”, es decir, lo que hoy llamaríamos “arte arcaico”. Fue en los siglos V y IV a.C. cuando la escultura helénica se elevó hasta el “estilo sublime” y el “estilo bello” –en conjunto, nuestro “Periodo Clásico”-, alcanzando su cumbre en el Apolo del Belvedere (fig. 2) antes de hundirse en los “estilos de imitación y decadencia”, que llegarían, tras muchas generaciones, hasta el final del Imperio Romano
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