Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra
Abstract
Desde hace años es manifiesta la tensión entre el papel que ocupa el
Estado y la realidad práctica de su invasión de esferas de la libertad personal
y social, al menos en los países europeos y latinoamericanos.
Muy diversos acontecimientos políticos han puesto de relieve, con
demasiada frecuencia, la frágil estructura de la democracia en aspectos
que su teoría considera casi sagrados.
Estas circunstancias pueden sugerir que vivimos en una sociedad
basada en una o varias ficciones que –por diversos motivos– nadie
desenmascara, a pesar de que conducen a consecuencias injustas y,
muchas veces, crueles.
El problema actual reside en que la libertad no se trata –ni teórica, ni
prácticamente– desde una perspectiva amplia y profunda. Por el contrario,
se la ha reducido a espontaneidad, autonomía o, a lo más, a libre
arbitrio. De este modo, se ha eliminado de la consideración teórica y
práctica la realidad de que la libertad se ejerce con plenitud cuando es
expresión de la verdad y, por lo tanto, cuando actúa el bien. Por otro
lado, el Estado, basado en criterios consensuales, se ha desvinculado
de valoraciones cualitativas y, en consecuencia, manifiesta en lo político
una creciente desconfianza hacia la capacidad de conocer la verdad
y, por tanto, de elegirla libremente en su perspectiva práctica de bien.
Esta preocupación por la tensión social y política entre la libertad y
el Estado ha sido magistralmente tratada por el romanista Álvaro d’Ors,
quien se presenta como un autor desmitificador de la teoría política
proclamada habitualmente. Por esta razón, la enseñanza orsiana actúa
como eje para el estudio de los temas señalados, que resultan descritos
con extraordinaria exactitud, expresando también aquello que resulta hoy “políticamente incorrecto” y ofreciendo explicaciones muy
sugestivas de sus causas históricas y filosóficas.
D’Ors ha repetido insistentemente que los problemas políticos exigen
una respuesta ética sustancial, no procedimental ni hermenéutica;
es decir un tratamiento de la verdad práctica sobre el hombre y su politicidad;
y así actuaba personalmente.
En síntesis, parece que d’Ors acierta al señalar las causas más profundas
de la génesis de esta ruptura cuando afirma que la garantía para
que el gobierno político se dirija al bien común requiere que la auctoritas
actúe como portavoz de la verdad y, en consecuencia, como límite
para el ejercicio de la potestas. Por lo tanto, la potestad nunca podrá considerarse
soberana, en el sentido de total, como hoy se atribuye al Estado
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