Los historiadores de la arquitectura nos explicarán
cómo fueron trazadas y construidas las ciudades de los
años veinte y evaluarán en qué medida correspondían con
sus representaciones en la pintura, los carteles, la literatura
o el cine. Hay, sin embargo, otra forma de abordar el asunto,
probablemente más modesta y oblicua, y consiste en preguntarse
qué fantasías urbanas circularon entre aquellas
gentes que jamás construyeron un edificio, hicieron un plano
y ni siquiera sabían, si se nos apura, una palabra de urbanismo.
Quizá por ello tuvieron la imaginación libre (podría
decirse que demasiado libre) para comunicarlas a las masas
que acudían al cine y quién sabe si compartirlas. Y es que la
ciudad es también una fantasía, un anhelo , un espacio imaginario
y las producciones artísticas, desembarazadas de su
aplicabilidad, son fascinantes documentos de esos sueños