La llamada vanguardia de principios de siglo saludó con entusiasmo el invento del cinematógrafo. Ello no podría extrañar. Pese a las divergencias, en ocasiones abismales, que separan a los diferentes grupos o pseudogrupos, escuelas o movimientos, obras o actos que bajo este arrogante titular suelen incluirse, un proyecto -o conjunto de proyectos- que expresara la crisis en la creencia de homogeneidad de un mundo surgido del humanismo renacentista y sancionado por la Ilustración no podía menos que advertir en el cine --en su mera existencia- un espacio idóneo para atacar y denostar la tradición artística y racional