Ya se sabe que los nombres apresuran nuestras percepciones y condensan nuestros afectos, como insiste Proust en uno de los capítulos más brillantes del primer tomo de À la recherche, aquel que lleva por título en la traducción de Pedro Salinas"Nombres de tierras: el nombre", cuando al considerar"los nombres de las personasy de las ciudades que nos habituamos a considerar individuales y únicas como personas" se demora en paladear los nombres de algunas ciudades decisivas en su vida:"Y para hacerlos revivir [esos sueños], bastábame con pronunciar esos nombres: Balbec, Venecia, Florencia, en cuyo interior acabé por acumular todos los deseos que me inspiraron los lugares que designaban" (Por el camino de Swann)