En conclusión, hemos analizado algunos de los mecanismos de
autorreferencialidad que caracterizan al discurso de telefilm a partir
de sus genéricos, trabajo de diferenciación en el modelo hollywoodense
que sirve de base al montaje de dichos espacios y aquí un rasgo
todavía más de neutralización. Ello se ha materializado, en formas
diversas, en una primera autorreferencialidad del episodio hacia sí
mismo; en segundo, una autorreferencialidad que incluye a todas las
demás y les imprime su sello tan indefectible como autoritario. Pues
los telefilms están continuamente segmentados en su interior por espacios
vacíos que sólo la publicidad puede llenar. Incluso podría
afirmarse que el telefilm sólo actúa como excusa para la irrupción de
dicha publicidad. Y, sin embargo, no hay contradicción entre los términos,
puesto que también el telefilm es publicidad, pero publicidad
del medio que lo incorpora y lo fragmenta, publicidad en última instancia
de la propia televisión. Y es aquí donde alcanzamos esta autorreferencialidad
que incluye a todas las demás y les da sentido: la
autorreferencialidad de la propia televisión en donde precisamente,
la fragmentación extrema genera la homogeneidad
máxima de un discurso jamás clausurado, abierto con sus
fauces al mundo que, por su presencia y su emisión, se coloca más cerca
y más lejos paradójicamente de nosotros mismos, eliminando la corporeidad,
disolviendo la palabra y la imagen como signo y devolviéndonos otra que ya no invierte la del mundo, ya no la falsifica, antes
por el contrario, constituye la única realidad