Fritz Lang. He aquí un nombre repleto de ecos en la historia del cine.
Las más de cuarenta películas que llegó a dirigir, los guiones que escribió
y aquellas míticas palabras que Jean-Luc Godard le hacía pronunciar en
Le mépris son sólo la parte más visible y plasmada en la pantalla de un
larguísimo recorrido. Pero tal vez se encuentre dotado de mayor valor
mítico su abandono de aquella tierra que le había reconocido como el más
influyente y monumental de los realizadores (y, quede claro, en Alemania
durante los años veinte, tal denominación significaba 'artistas' en un
sentido pleno) para, como paladín de la democracia, huir con poco más que
lo puesto a París y, más tarde, a la tierra prometida, Hollywood. Claro que
en la célebre oferta del doctor Joseph Goebbels de dirigir la cinematografía
del Reich, en la veneración que el mismísimo Adolf Hitler sentía por
Metropolis y en su propia huida de la barbarie nazi hay -recientemente
se ha arrojado considerable luz sobre el asunto- una buena dosis de
leyenda que el mismo Lang se ha encargado de aumentar
Y, a pesar de
este envoltorio legendario, lo cierto es que la extraña situación de Lang
entre dos universos de discurso y de producción tan diversos como el
norteamericano clásico y el vanguardista (o pseudovanguardista) alemán
no se ve por ello disminuida en absoluto