La pretensión de este texto se
circunscribe a una época muy precisa de la historia de la reflexión en torno
al cine y la literatura, a saber, la vanguardista. En cambio, incorpora al díptico
señalado un tercer factor que complica la labor considerablemente: las
artes plásticas. En efecto, en el curso de este momento germinal para la
reflexión cinematográfica que fueron los años veinte, años formativos,
como se les suele denominar, el cine no fue cotejado básicamente con la
literatura, sino más bien con el resto de las artes. Ninguno de los ensayos
de alcance de estos años desconocía los destinos literarios, mas tampoco
veía en esta forma artística el modelo sobre el que debía mirarse el nuevo
medio de expresión. Antes bien, situar el cinematógrafo entre las artes, ya
fuera por síntesis de todas ellas, ya por asimilación sinestésica con la poesía,
la música, etc., eran las tareas prioritarias.
Considero que el término montaje quizá sea el que defina con mayor
precisión el sentimiento dominante en las teorías de los años veinte, desde
las primeras reflexiones cubistas y sus fracasados proyectos de un cine sinestésico
hasta los planteamientos más desarrollados de un cine dadaísta o
superrealista (siempre problemático, como se sabe)