De 1980 a 1984 la explotación petrolera mexicana se elevó de 1.9 a 2.8 millones de barriles diarios y la exportación creció de 0.8 a 1.5 de millones diarios. Es decir, se asumió que la mensurabilidad del desarrollo mexicano podía sustentarse en la comparación cuántica entre unos insumos financiados, con la rectoría del Estado, a través del mercado mundial de capitales, y un producto cuyo destino no era precisamente la industrialización interna ni el consecuente desarrollo nacional autosostenido a largo plazo