Los viajes han sido siempre uno de los cauces importantes para la transmisión y extensión de los hallazgos y novedades en todos los ámbitos de la cultura. Esta afirmación resulta especialmente acertada cuando se estudian períodos en los que determinados países estuvieron más o menos aislados. En el caso de España, las décadas de 1950 y 1960 supusieron una vuelta progresiva al establecimiento de un contacto con el exterior que había quedado truncado por la Guerra Civil. Todo el mundo entiende que los traslados de arquitectos —desde o hacia España— conllevaron una entrada de información sobre la producción extranjera que colaboró, sin duda, en la puesta al día de la arquitectura española con la internacional.
Sin embargo, también es cierto que los viajes constituyen una vía de contacto con el exterior muy difícil de cuantificar. Podemos afirmar que, a principios de los cincuenta, comenzó habiendo unos pocos y que fueron aumentando exponencialmente a medida que avanzaban los años. También se puede reflexionar en torno a los destinos más frecuentes elegidos en esos años por los arquitectos españoles: países como Italia, la mayoría de los nórdicos o EE.UU. y ciudades como París y Londres, constituyeron durante unos años los itinerarios más frecuentes para ellos. Pero, resulta mucho más complicado controlar razonablemente bien lo que se llegó a ver en cada uno de ellos y, sobre todo, el aprovechamiento que cada cual hizo de esas visitas. Eso sólo puede saberlo el que los vivió...
Rafael Moneo hizo su primer viaje importante al extranjero en el verano de 1956. Tenía diecinueve años cuando llegó a París, dispuesto a recorrer la obra de Le Corbusier. Tardó cinco años más en volver a salir de España, esta vez para marchar a trabajar al estudio de Jørn Utzon, en ese momento en pleno desarrollo de su proyecto para la Ópera de Sydney. Durante esa estancia aprovechó para ir a Finlandia, Suecia y Noruega, y estuvo en más de una ocasión en Inglaterra, como contacto entre el estudio del danés y Ove Arup.
A finales de 1962, de vuelta en España y tras tres meses de milicia, se presentó —y ganó— el concurso para la Pensión de Arquitectura en la Academia de España en Roma. Así, en la primavera de 1963, recién casado con Belén Feduchi, volvió a salir de España para establecerse allí durante un año, realizando escapadas relativamente frecuentes a Grecia, Estambul, Viena, Budapest, Ámsterdam... El arquitecto no recuerda más viajes hasta 1968, cuando fue por primera vez a América con motivo de un congreso en Aspen, Colorado. Allí conoció a Reyner Banham, Hans Hollein y Peter Eisenman, del que se hizo buen amigo, y quien les ayudó a organizar un viaje posterior en el que visitaron San Francisco, Chicago y Nueva York. Luego sería el propio Eisenman quien vendría a España invitado a uno de los ‘Pequeños Congresos’ y quien, ya a principios de los setenta, le ofrecería a Rafael Moneo impartir clases en el Institute for Architecture and Urban Studies de Nueva York, verdadero inicio de su etapa americana.
Basándose en esos cuatro momentos (París, 1956; Dinamarca, 1961; Roma, 1963; y América, 1968), la comunicación recorre y arma la historia de esas primeras salidas al extranjero de Rafael Moneo, uno de los arquitectos españoles de trayectoria más reconocida en la actualidad, en el que, además, se unen dos aspectos que no siempre van parejos: una dilatada y exitosa carrera profesional y una esmerada formación en teoría e historia de la arquitectura. El trabajo se desarrolló bajo la supervisión del propio arquitecto, mediante una serie de conversaciones con la autora que le permitieron sumergirse en esos viajes iniciáticos, atendiendo tanto a las motivaciones que le llevaron a realizarlos, como a lo que pudo suponer cada uno de ellos para él