A lo largo del siglo XVI asistimos al singular encuentro de la arquitectura del renacimiento con las distintas arquitecturas islámicas peninsulares, como ocurrió primero con la catedral cordobesa sobrepuesta a la sutil trama de su mezquita califal, seguida después del palacio de Carlos V conviviendo con los palacios nazaritas de la Alhambra de Granada, para terminar con el cuerpo de campanas injertado en el alminar de la antigua mezquita almohade de Sevilla. De estos tres casos me referiré aquí a la intervención de Hernán Ruiz el Joven en la conocida Giralda de Sevilla, cuya actuación resulta ejemplar en tantos aspectos y de la que el mayor elogio es el que hace el profesor Chueca cuando, comentando la adición renacentista del cuerpo de campanas, señala que «por su espontaneidad y frescura, parece que está allí a nativitate» (1). En efecto, una misma savia parece alimentar estas dos arquitecturas tan distantes cronológica y conceptualmente, llegando a un grado de fusión tal que parece imposible arbitrar otra solución mejor que la ofrecida en su día por Hernán Ruiz