Raras veces he podido experimentar una sensación tan pregnante como la
vivida en el primer largometraje1 de Lucrecia Martel. La viscosidad y la
pegajosidad, generadas por el sopor, la humedad y el calor que se palpa en los
planos de la película, tienen una inusitada fisicidad. Esta sinestesia visual es
efectuada para mostrar el estado de lasitud de dos familias de clase acomodadas,
una urbana y otra provinciana, venidas a menos. Ambas, se encuentran en el
letargo provinciano de una Salta salvaje e inalterable, donde parece que nada
vaya a ocurrir pero hay, sin embargo, una violencia latente a lo largo de todo el
metraje. Dicha situación física, el sopor y la viscosidad, se extiende hacia la propia
circunstancia vital de unas mujeres y hombres de clase acomodada cuya
descomposición deviene en la frustración, el anquilosamiento, la ausencia de
horizontes existenciales y el completo abandono de unos cuerpos dejados caer en
los espacios domésticos: durante toda la película advertimos a unos personajes
tirados en sus camas tratando de hacer pasar el tiempo sin más preocupación que
la de evitar la mirada sobre sus vida