La coinfección por el VHC ha sido la principal comorbilidad de los pacientes infectados por el VIH debido a que ambos virus comparten mecanismos de transmisión [1]. En el paciente infectado por VIH, la coinfección por el VHC es un problema de gran magnitud no solo por su frecuencia, sino porque la progresión de la fibrosis hepática es más rápida que entre la población no infectada por VIH. Todo ello ha contribuido a que las complicaciones asociadas con la enfermedad hepática terminal por VHC hayan sido una de las principales causas de morbimortalidad en pacientes coinfectados por VIH después de la introducción de la terapia antirretroviral de gran eficacia [2]. Uno de los aspectos más importantes en la asistencia de los pacientes con hepatitis C es la estadificación de la fibrosis hepática, pues resulta imprescindible para la toma de decisiones terapéuticas y para establecer el pronóstico de los pacientes [3]. Tradicionalmente esto se ha llevado a cabo mediante biopsia hepática [4, 5]. Sin embargo, este es un procedimiento cruento y no tan fiable como normalmente se asume dado que no siempre se obtiene una muestra lo suficientemente grande y que la fibrosis hepática no tiene una distribución homogénea, de lo que se derivan problemas de muestreo [6]. Uno de los principales cambios en la práctica de la hepatología de la última década ha sido el abandono por parte de los clínicos de la biopsia como procedimiento de elección para la estadificación de la fibrosis hepática en pacientes con hepatitis C, y la adopción casi mayoritaria de métodos no invasivos para este cometido, entre los cuales destaca la elastografía de transición [7]..