No hay duda que el término democracia sigue siendo pese a sus críticas y
frustraciones, el más recurrente argumento de las culturas políticas modernas
y posmodernas a la hora de juzgar la elección de autoridades, la legitimidad de
las instituciones públicas, la acción del gobierno, la toma de decisiones presidenciales,
el comportamiento parlamentario e incluso en ámbitos propiamente
sociales cuando hay que definir la legalidad de las prácticas asociativas, el
modo de proceder de las organizaciones nacionales e internacionales, y el comportamiento
del liderazgo