Ya desde susconferencias de 1864, el joven Ch. S. Peirce destacaba la importancia de lacreencia (belief) para la vida humana, no sólo por su dimensión metodológica yepistemológica sino, principalmente, práctica. La superación de la duda, delmodo que se diera, es la condición de posibilidad de la acción. Esta línea dereflexión, de matriz lógica escolástica y kantiana es retomada a fines delsiglo XIX y principios del Siglo XX por la estética de B. Croce, por elactualismo de G. Gentile4y por la antropología filosófica M. Scheler y W.Dilthey y por la epistemología fenomenológico-materialista de N. Hartmann. Tantopara el pragmaticismo peirceano como para las distintas corrientes del llamado«vitalismo» contemporáneo (entre los que se destacan M. de Unamuno y J. Ortegay Gasset) la creencia es el fundamento de la existencia: la qualitas quedistingue al existenciario. Más aún el proyecto de vida no puede darse sin unacreencia que se explicita y desarrolla en la vocación. Dicha tesis, extendida,no es indiferente tampoco a Ludwig Wittgenstein, quien acerca la «creencia» ala «certeza». Contrariamente a lo frecuentemente afirmado, la creencia exige un anclaje objetivo o por lo menos empírico que inspira y guía la máslegítima investigación científica.Fil: Mancuso, Hugo Rafael. Universidad de Buenos Aires; Argentina. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas; Argentin