Universidade de Santiago de Compostela. Servizo de Publicacións e Intercambio Científico
Abstract
La publicación de la Ortografía de la lengua española de la RAE, en 2010, desató una gran polémica con algunas de sus “innovaciones”, que, sorprendentemente, trascendió a círculos extraacadémicos, en los que alcanzó una difusión desconocida en los últimos tiempos.
Las cuestiones más discutidas fueron aquellas de más eco en la prensa: la recomendación de no usar tilde en solo o en los demostrativos, ni siquiera en casos de ambigüedad; la no acentuación de monosílabos terminados en diptongo o en -s; la sugerencia de eliminar la tilde en guion o truhan, al margen de la pronunciación de los hablantes; la sustitución de q por k o c, según los casos (Irak, Catar, cuórum); la separación o no de ex con relación a la base sobre la que actúa; la negación del estatuto de letras distintas para la ch o la ll, y, por supuesto, la propuesta de cambio en la denominación de algunas letras (v, w o y). En las réplicas y contrarréplicas, surgieron referencias a cómo muchas de las cuestiones debatidas entonces habían sido ya planteadas e, incluso, resueltas antes en los textos académicos. No voy a entrar en los argumentos manejados en el debate, en la conveniencia o no de los cambios, en si simplifican o complican la ortografía del español o responden a las pretensiones estéticas de los creadores. Sí quiero, sin embargo, repasar el tratamiento que la letra y ha recibido en los tratados ortográficos de distintos momentos de la historia