Cuando en 1888 se abolió la esclavitud y en 1889 la República sustituyó al Imperio, parte de la intelectualidad del litoral meridional del Brasil creyó imaginar que estos cambios sólo eran el comienzo de un proceso de modernización que equipararía el Nuevo y el Viejo Mundos. Pero menos de una década después, la guerra entre el Estado y los fanáticos milenaristas de Antônio Conselheiro dejaron patente una vez más la distancia entre el país legal y el país real. Ello reavivó el debate en las filas de una intelectualidad reaccionaria -de la que se analizan casos como el de Oliveira Viana y Plínio Salgado, que siguió mirando a Europa. Todo ello bien en busca de soluciones tales como el autoritarismo y el fascismo, bien para denunciar la reproducción de modelos exóticos que, como supuestamente ocurría con el liberalismo, la democracia o el socialismo, desconocían las particularidades brasileñas