Se recorre aquí en dos sentidos un camino que conduce de los nombres al paisaje, y del
paisaje a los nombres. Estas flotantes nubes verbales —los topónimos— que acompañan, y a
veces suplantan, a la realidad, son capaces de transformar con su leve peso las evidencias de lo
material. El mecanismo de fijación de los nombres de lugar explica su relevancia como indicadores
de paisaje. La densidad toponímica es un dato esencial: si es alta, avisa de una densidad
homóloga en los usos y la historia del lugar. Se pasa revista a los topónimos como expresión de
cultura y biogeografía, tradición oral y literatura. Se distinguen dos dimensiones en cierto modo
antagónicas del nombre de lugar: su carácter hereditario, pero también su posible imposición,
por razones simbólicas o de poder. Finalmente, se valoran posibilidades de puesta en valor de
la toponimia en la disciplina del paisaje, y se discute el influjo de las nuevas denominaciones
y rotulaciones sobre la experiencia del territorio