En un momento de esplendor político, de necesidad de prestigio, y en el
que París no tenia, al menos aparentemente, una vanguardia arquitectónica
propia, el Rey la había mandado llamar. Me refiero al Louvre, desde
luego, pero no al Louvre de hoy, el Louvre de Miterrand y de Pe!; me estaba
refiriendo a un Louvre más viejo: al palacio de tiempos de Luis XIv,
cuando el rey Sol hizo viajar a París a Bernini para que se hiciera cargo
de la renovación de una importante parte de las viejas fábricas reales.
La historia es bien conocida a través del libro de Chantellou, si bien el
Louvre de Bernini -y de su ayudante- no llegó a gustar y no fue construido.
El trabajo de Bernini fue muy dificultoso, como es sabido, fracasando
finalmente. Pero, escultor al fin, realizó el espléndido busto
que inmortalizó al rey, dejando para el Louvre solo unos planos que
no fueron seguidos y que se incorporaron a la ciudad sólo como un
patrimonio arquitectónico "virtual"