La transformación de Irak en un Estado próspero y democrático representa una de los mayores retos a los que se enfrenta hoy la comunidad internacional. Si se produce, se habrá dado un paso importante para la paz y el progreso en una región crucial, pero el terrorismo representa un importante obstáculo para conseguirla. El análisis de la situación ofrece motivos tanto para el optimismo como para el pesimismo.
Los atentados que se vienen produciendo en Irak durante los últimos meses demuestran la existencia de una estrategia terrorista bien planeada. Aunque la información disponible acerca de quién está detrás de esos atentados resulta muy insuficiente, no es difícil establecer que su objetivo es sembrar el desánimo en la población iraquí y forzar la retirada internacional, para evitar una salida democrática a la crisis y permitir ya sea la restauración del régimen baasista, ya sea la instauración de un régimen islamista. El logro de tales objetivos es improbable, pero existe en cambio el peligro de que Irak se convierta en un Estado fallido, sometido a un círculo vicioso de violencia y atraso. Las sucesivas encuestas de opinión realizadas en el país muestran que existe una base social para la democratización, pero también indican que existe un elevado potencial de apoyo al terrorismo islamista entre los árabes sunníes