Oriente Medio, una región cuyo péndulo político oscila entre ciclos de esperanza y de frustración, ha iniciado el año 2005 inclinándose ligeramente hacia la ilusión, después de un prolongado período de deterioro. En una región donde las buenas nuevas y las malas noticias se alternan con demasiada frecuencia, parecería haber llegado la hora de los optimistas. Analistas y políticos vienen hablando de luna de miel palestino-israelí, de primavera del mundo árabe, de primavera de Bagdad, de caída del muro de Berlín de Oriente Medio, de primavera de Beirut, etc. Mientras algunos hablan de nuevas señales en la calle árabe, otros, como el respetado analista del New York Times, Thomas Friedman, sentencian nada más y nada menos que el viejo orden autocrático comienza a desplomarse. Una de las particularidades de Oriente Medio es la de resistir todo pronóstico por cuanto desde siempre la incertidumbre y lo imprevisible le son inherentes