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La fuerza de esta voz
Authors
la Convivencia y la No Repetición - CEV Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad
Publication date
1 January 2022
Publisher
Abstract
El documento titulado 'La fuerza de esta voz' es una recopilación de testimonios sobre el Conflicto Armado Interno en Colombia, elaborado por la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición - CEV. Contiene historias narradas por hombres y mujeres del campo colombiano, muchos campesinos, otros indígenas o afrodescendientes, personas de la comunidad LGTBI y personas exiliadas. Se encuentra dividido por cada una de las regiones del país: Amazonia, Caribe, Centro, Magdalena Medio, Nariño, Sur del Cauca, Nororiente, Noroccidente, Orinoquía, Pacífico, Valle y Norte del Cauca. Estos relatos reflejan la violencia, la resistencia y los esfuerzos de las comunidades para buscar la paz, a pesar de los desafíos vividos durante la guerra. Las historias reflejan el dolor, las luchas y los sueños de las personas que habitan el territorio, recogidos por la Comisión de la Verdad, con el propósito de comprender el Conflicto Armado colombiano. Muestran las experiencias de víctimas y sobrevivientes y abarcan temas como las dinámicas de violencia en cada región, la partición de grupos armados ilegales, la resiliencia de las comunidades afectadas y los movimientos de resistencia que surgieron en respuesta a las amenazas y presiones de la guerra. Este documento es un homenaje a las voces de quienes vivieron el conflicto colombiano, sus esperanzas de paz y su esfuerzo para reconstruir sus vidas en medio de la adversidad. Para ello la Comisión de la verdad enfatiza el papel fundamental de escuchar a las víctimas para sanar las heridas del país, reconociendo su dolor y su lucha como un paso esencial hacia la no repetición del conflicto armado.Daniel Rivera Textos Elizabeth Builes Ilustraciones LA FUERZA DE ESTA VOZ Daniel Rivera Textos Elizabeth Builes Ilustraciones LA FUERZA DE ESTA VOZ Contenido Prólogo .......................................... 5 Amazonía.......................................... 8 Caribe............................................ 16 Centro............................................ 26 Magdalena Medio................................... 34 Nariño y sur del Cauca............................. 42 Noroccidente...................................... 50 Nororiente........................................ 58 Orinoquía......................................... 66 Pacífico.......................................... 74 Valle y norte del Cauca........................... 84 Dinámicas urbanas................................. 94 La fuerza de esta voz © 2021, del texto: Daniel Rivera © 2021, de las ilustraciones: Elizabeth Builes © 2021, de la edición: Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición Carrera 9 # 12C-10 ·
[email protected]
Bogotá, D.C. - Colombia Comisión de la verdad Presidente Francisco José de Roux Directora de territorios Tania Rodríguez Triana Equipo editor y creativo Luisa Orozco Barrios Andrés Riveros Pardo Textos Daniel Rivera Ilustraciones Elizabeth Builes Coordinación editorial y diseño Tragaluz editores S. A. S. Impresión Marquillas S. A ISBN 978-958-53874-1-6 Queda prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento. 5 La fuerza de esta voz Prólogo Los territorios son siempre disímiles. Entre las diversas formas de afrontar la violencia y el duelo encontramos algo común: la insistencia –casi la terquedad– en la necesidad de transformar la realidad. Se trata de la convicción de que es posible un mundo más justo, incluyente, participativo y sin violencia. A pesar del dolor, en los ojos y las acciones de la gente de las regiones hemos visto la esperanza en que la paz algún día nos encuentre. En tres años de trabajo de la Comisión de la Verdad, nuestros equipos y nosotros mismos, los comisionados, hemos recorrido el país. Hemos sido testigos, en los largos y a veces difíciles caminos, de la vida de la gente, de la forma como se relacionan con el territorio y, por supuesto, de sus historias de vida hechas testimonio; historias que retratan la guerra y su devastación, pero que también cuentan la reconstrucción que el acuerdo de paz ha hecho posible. Historias de resistencia y esfuerzos colectivos que buscan que la paz se quede. Los recorridos por el país y los espacios de escucha y diálogo que llevaron a cabo nuestros equipos territoriales han hecho evidente para nosotros la verdad de un país herido, adolorido por la guerra y que, sin embargo, no se rinde en la búsqueda de la paz. En muchos de los encuentros y las 6 7 Prólogo La fuerza de esta voz conversaciones sostenidas emergieron relatos de resistencia, historias que nos contaron con dolores en el alma, tan profundos como lo es la pérdida de la familia; y con la fuerza del amor que no desaparece a pesar de la muerte. Como colombianas y colombianos hemos encontrado formas de levantarnos, y de rescatar la propia dignidad, para buscar al desaparecido, para pedir justicia, para exigir la libertad de un ser querido secuestrado, para luchar sin descanso por recuperar la tierra despojada o para reconstruir la vida en el exilio. Este libro es un homenaje a la historia de millones de colombianos y colombianas que se niegan a convivir con la violencia y que han encontrado en el perdón, y en el encuentro honesto con los responsables del daño y el dolor, el camino hacia la reconstrucción de las relaciones rotas por la guerra; un camino para sanar. La escucha de todas estas experiencias y el recono-cimiento de estos dolores y luchas como propios nos devuelven la grandeza de ser seres humanos y nos sacan de la crisis ética en la que nos sumió esta guerra entre hermanos. En este libro encontrarán historias narradas por sus protagonistas, cuida-dosamente tratadas por nuestro equipo territorial. Estas narraciones fueron escuchadas a lo largo y ancho del territorio nacional y son parte de la vida de hombres y mujeres del campo colombiano, muchos campesinos, otros indígenas o afrodescendientes, uno de ellos homosexual, y otra de ellas mujer transgénero: toda, población vulnerable por la desprotección del Estado cuan-do el campo, las veredas y los corregimientos se volvieron territorios de guerra, en los cuales la inmensa mayoría de los muertos fueron civiles. Esta es La fuerza de esta voz: la historia de vida de las personas que ha-bitan los territorios recorridos por la Comisión de la Verdad con la intención de comprender el conflicto armado colombiano. Es la fuerza de su dolor, sus luchas y sus sueños. Compartir con el país lo que hemos escuchado es una forma de agradecer a quienes con generosidad nos brindaron su testi-monio. Escucharnos, como país, es el primer paso para reconocernos, y reconocer a las víctimas, su dolor y su resistencia, y asumir juntos el com-promiso de la no repetición de la guerra del conflicto armado interno: el compromiso de la paz grande. Francisco de Roux Presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición / / La división por regiones presentada en este libro es una propuesta de espacia-lización que nos permitió recoger las ne-cesidades y características económicas, culturales y sociales de los territorios y las comunidades, para reconocer su hete-rogeneidad y las condiciones particulares que inciden en la conformación del Esta-do y el desarrollo del conflicto. Esto con el propósito de lograr una comprensión de las dinámicas regionales en cuanto al tipo de afectaciones, los movimientos a favor de la resistencia y, finalmente, de las causas y los factores de persistencia de la violencia. 9 La fuerza de esta voz 8 Milán, Caquetá Nací y fui criada en el resguardo indígena de Agua Negra, en Milán. El resguardo queda bajando por el río Orteguaza y está conformado por cuatro comunidades: San Rafael, Santa Rosa, San Francisco y Estrella; cada una tiene su comité de cacicazgo. Entre todos se organiza el trabajo para que las cuatro comunidades se vinculen y participen, tanto los niños y jóvenes, como los mayo-res. Es un trabajo muy lindo. Recuerdo que a mis cinco años ya conocía todo el resguardo. Recorrí la co-munidad y vi que en esa época aún tenía bosques, árboles y animales, teníamos cultivos, había cacería; lo que nos facilitaba el sustento familiar. Había abundancia de pesca y frutas silvestres. Ya terminando mi primaria, a mi hermano mayor –que era docente porque él terminó un curso del Sena, por allá en Villavicencio–, lo nombraron docente de primaria porque era la única persona que estaba preparada. Las autoridades vieron la necesidad de formar también en bachillerato y así se hizo. Fue cuando yo tenía diecisiete o dieciocho años que empezaron algunas fa-milias a tener coca sembrada... O sea, ya tenían coca, pero para el consumo; para las conversaciones entre las comunidades indígenas se usa mucho, se mezcla con polvo de yarumo y uno mambea. El caso es que los mismos indígenas, las mismas personas de la comunidad, vendían a los colonos la semilla, porque AMAZONÍA 10 11 Amazonía La fuerza de esta voz llegaron muchas personas del interior, de Antioquia, de la costa, y nos compraban la semilla muy barata. Para nosotros la semilla era algo completamente normal, no tenía ningún precio, pero la gente se dio cuenta de que podía significar plata. Ahí empezó a cambiar nuestra forma de vivir. En esa época, que eran los años ochenta, para movilizarse, los jóvenes com-praban motores, deslizadores, equipo. Cada uno buscaba la manera de cambiar la forma de organización y comenzó a disolverse la autoridad. Entonces se escuchó que el M-19 venía. Ya los líderes decidieron organizarse para evitar que esa gente entrara. Luego llegaron las Farc. Pues, a mi manera de entender, no había diferencia entre el M-19 y las Farc. Llegaban más directamente a entrar a la comunidad, a invitar a la autoridad a que asistiera a las reuniones. Ahí empezaron los jóvenes a vincularse y ellos mismos a reclutarlos, pero las autoridades se opusieron porque era traer una guerra al interior de las comunidades. Algunos se quisieron vincular porque era una manera de conocer otras cosas, de tener un arma, un uniforme. Así, los jóvenes hombres se vincularon a ese movimiento. También empezó a entrar la fumigación haciendo daño a los cultivos. Enton-ces, se organizó más la guardia, la autoridad para la defensa del territorio, porque entraban avionetas alrededor del resguardo. Por ejemplo, en San Luis había una pista y aquí al lado también. Había líderes muy fuertes y los empezaron a ame-nazar. Y en el año 1997, empezaron a asesinar. Primero mataban a uno y a los ocho días a otro y así, hasta que sucedió la masacre en el resguardo de San Luis, Caquetá. Eso fue el 25 de julio de 1997. Fue una época muy dura, hasta que lle-garon a asesinar al papá de mis hijos. Las Farc entraron, preguntaron con listado en mano cómo se llamaba la gente y entonces iban sacando. Iban sacando y amarraban con cuerdas y hacían una fila de las personas amarradas. Mi prima salió a reclamar que por qué se los lle-vaban y la amenazaron con que también la mataban. Los obligaron a acostarse, eran siete compañeros. Ahí estaba el papá de mis hijos y entonces ya, como que dijeron: «Voltee para allá», y en ese mo-mento les dispararon una ráfaga. Todos quedaron destrozados, sin cabeza, sin bra-zos. Eso fue muy duro. Mi esposo era do-cente y líder de la comunidad también. Territorio korebaju, Caquetá El clan Pacho Bajé es el más representativo del pueblo korebaju. Pero en el año setenta, la mayoría de las autoridades indígenas eran de mi clan, de los Piran-gas. Me contó mi mamá que mi tatarabuelo era el chamán. Desde mi niñez he sido muy inquieto, he hecho presencia en diferentes reuniones, me sentaba a escuchar a los mayores. Cuando me gradué hice parte del comité ejecutivo del Consejo Regional Indígena del Orteguaza, Medio Caquetá (Criomc). En esa época tenía die-ciocho años y me vincularon a la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic). Contaban nuestros abuelos que nosotros vinimos por la frontera con Brasil. El apellido que hoy tenemos los korebaju puede ser una herencia del Brasil. En-tonces, podríamos decir que ahí están los primeros territorios que habitaron los korebaju, y ahí por ese río alcanzamos a entender la historia de nuestros mayores. Ellos hablaban mucho del río Igaparaná, Paraná, todo lo que es La Chorrera y El Encanto. Cuenta uno de los mayores que aquí hubo un profesor militar hace muchos años y daba las clases en español, aunque los niños no entendían nada. Si uno hablaba en korebaju lo castigaban, por eso a los niños no les gustaba ir a la 14 15 Amazonía La fuerza de esta voz escuela. Después llegaron los consolatos. Ellos también obligaban a los indígenas y sobre todo a los que no se sabían santiguar. Los capuchinos fueron los que trajeron las vestimentas que tenemos los korebajus, que utilizamos como un traje típico. Fue un elemento que para nosotros fue una imposición, porque nuestro propio vestido siempre ha sido el paruma, el taparrabos. Ellos llegaron con esa túnica larga que hoy aparece como el traje típico de los korebajus. Antes del año setenta y cinco, a nosotros nos decían que éramos salvajes, nos tenían en tres categorías en ese tiempo: salvajes, semisalvajes y civilizados, y para la Iglesia nosotros éramos salvajes. Luego empezó la reconciliación a través de la co-munidad Belemitas, que llegó y entendió que la educación la tenían que compartir, no impartir. Ahí se dio un poco de entendimiento, de diálogo con los indígenas. En 1981, se construyó una gran maloca, una gran casa, como una especie de internado, ahí era el centro de formación del pueblo korebaju. Ahí es donde queda hoy Mama Bwe. Se reco-noció la presencia institucional del colegio Mama Bwe, que nosotros en ese tiempo lo lla-mábamos Centro de Capacitación Indígena. Fue al principio del colegio cuando se reconoció la educación. En medio de eso, llegó el tema del narcotráfico. En todas las comunidades iban llegando los colonos y se llevaban la mata de coca, y después aparecieron con grandes latifundios de coca, cantidades de hectáreas. Ese fue en principio el robo que hicieron a los korebajus para llevarse toda esa mata de coca y abrir hectáreas de coca en las fincas vecinas. Por esa misma época, más o menos, empezó a surgir el M-19 dentro del territorio korebaju, todo lo que era Milán, Solano y gran parte del Caquetá estaba organizado a través de ese grupo armado. Ellos empezaron a organizarse en la región, a reclutar jóvenes para vincularlos a las filas guerrilleras. Llegaban a las comunidades, hacían reuniones con nosotros y ahí empecé a conocer al grupo armado. Recuerdo muy bien, porque ya estaba joven, de doce años. Una tarde llegó un avión grande y pasó por encima de los resguardos, por toda la orilla del río Orteguaza, y como a las seis y media de la tarde ese avión explotó. Un tremendo ruido en esa región y nadie sabía qué era lo que había pasado. Como vieron pasar un avión, dijeron: «Se cayó ese avión». Muchos fueron a ayudar a sacar lo que traía el avión, pero no decían que traía armas sino mercado, entonces la gente salió a ayudar y todo ese mercado eran fusiles y armamento del M-19. Ahí empezaron los primeros conflictos de esa época, las primeras violaciones de derechos humanos. Todo porque el pueblo ko-rebaju se involucró en sacar ese cargamento. En el ochenta y siete, más o menos, llegó las Farc a este territorio. La metodo-logía que utilizaron para llegar a las comunidades fue tajante, al que no quería escuchar lo iban asesinando, entonces esa presencia para nosotros fue un tiempo oscuro, de muerte. 17 La fuerza de esta voz 16 San Pedro, Sucre Mi papá me contaba que la moneda no funcionaba, todo era trueque: gallina por queso, cerdo por burro. Él siempre me habló de esa crisis. Decía que, cuando yo nací, la partera dijo, como de costumbre cuando los niños nacían y no lloraban inmediatamente, que era un mal síntoma, como de bron-quios, de que no estaba con buena salud. Entonces, me cogió por los pies así, con la cabeza hacia abajo, y me dio unas nalgadas y claro, ahí sí me puse eléc-trico… Y reaccioné, lloré, grité, y las palabras de ella fueron: «Naciste en una época muy difícil, tienes que ponerte pilas». Es decir, la partera reflejaba un poco las condiciones que se estaban viviendo. Flor del Monte, en Sucre, era un corregimiento bastante grande y con mucho movimiento porque tenía la influencia de Ovejas, donde estaba toda la cuestión del tabaco negro. Se sembraban otras cosas, también ajonjolí y maíz, pero el maíz era más para la alimentación de los animales. Mi papá decidió, en ese período, irse muy cerca a la finca del que iba a ser su suegro, entre Ovejas y El Carmen. Él se casó con mi mamá, hija de ese campesino rico que tenía setecientas hectáreas de tierras. Vivíamos en la barranca del arroyo Mancomoján que baja por acá hasta el río San Andrés. Mi papá se movía porque él era carpintero y campesino a la vez, o sea, combinaba la producción. Él era muy aficionado a la CARIBE 18 19 Caribe La fuerza de esta voz siembra de tabaco. Había mucha tierra baldía que la gente compraba, le com-praba a equis persona que era propietario y después podía extender fácilmente el predio muchas hectáreas más, el doble o el triple. Las tierras eran muy que-bradas, pero de muy buena calidad. Mi papá tuvo que vender todo para poder venir a Sincelejo, y eso en plena Violencia; el comportamiento de esos sectores políticos que decían que a toda costa tenían que tomarse el poder porque el poder era de ellos, porque sentían que les pertenecía. En El Carmen, en La Cansona, a mi padre le mataron a la familia. Él era una persona joven, pero se salvó porque no estaba en el momentico en el que llegó la famosa policía chulavita, que fue una fuerza creada especialmente para perseguir a los liberales, donde estuvieran. Sincelejo y El Carmen de Bolívar eran dos ciudades señaladas siempre como fortines liberales, y por lo tanto estaban en la mira de los chulavitas. Mi papá se vinculó a crear un sindicato agrario. Estamos hablando de 1950, más o menos. Se reunieron como ochenta campesinos, casi todos ya mayores, y se decidieron con la influencia del sastre Martín Jiménez –que llegó ahí para hacer una campaña sindical y hacía parte de la CGT (Confederación General del Trabajo)–. Yo me hice amigo de él porque me gustaba la sastrería en ese momento y terminé acompañándolo a hacer la campaña del sindicato. En la primera reunión fueron muchas personas mayores, ahí estaba mi papá, y se iba a elegir secretario y no sabían a quién, hasta que mi papá dijo que fuera yo porque sabía leer y es-cribir. En ese entonces tenía dieciséis años. Duré un año ahí. Con el tiempo compramos una tierra con el Instituto Tabacalero, que era el sindicato. Esa finca o esa tierra se llama hasta el día de hoy Los Borrachos de San Pedro. Eso quiere decir que la primera experiencia de reforma agraria en las antiguas sabanas de Bolívar fue con el Instituto Tabacalero. A partir de eso, el sindicato prácticamente se dividió porque eran ochenta socios y la tierra no alcanzó sino para cuarenta, es decir, cometieron el error de no medir. Yo no estuve porque me fui a prestar servicio militar. Durante seis o siete años viví en Puerto Boyacá, allá me casé. La violencia fue muy dura porque llegaban desplazados desde la zona cafetera y se ubi-caban selva adentro. Esos campesinos se armaron para defender su territorio, lo defendían porque lo estaban colonizando. Se convirtió en un territorio famoso, se llamaba Vásquez, un fortín liberal. Eso se vol-vió un emporio de trabajo, de producción de maíz. Por allá me quedé un tiempo, pero regresé a San Pedro y ahí sí empezó la cuestión de la organización campesina. Vinieron del Ministerio de Agricultura y unos promotores de Puerto Rico, Costa Rica, Chile. Una semana estuvimos cincuenta personas concentradas hablando de organiza-ción, de los problemas sociales, del campesinado, y cuando terminó el evento vino el gobernador de Sucre, Apolinar Díaz, e instaló la primera Asociación de Usuarios Campe-sinos de Sucre. El Gobierno había escogido dos departa-mentos: uno rico y otro extremadamente pobre: Valle del Cauca y Sucre. Y bueno, entonces la primera asociación fue la de San Pedro. 22 23 Caribe La fuerza de esta voz Tuvimos muchas luchas. El Incora (Instituto Colombiano de la Reforma Agraria) quería intervenir las tierras, pero nosotros protestamos. Vinieron go-biernos, leyes, gente que quería que nos organizáramos, otros que no querían. Los terratenientes crearon ejércitos para perseguirnos, mataron gente. Hubo toda clase de amenazas y de ataques. Cogían a la gente, les quemaban los pies y todo lo que podían hacer los terratenientes para infundir el miedo en el campesinado, que nadie se atreviera a organizarse y a participar. Desde entonces, hemos tenido muchas violencias que ya se saben, pero hemos persistido. / / La Asociación Nacional de Usuarios Cam-pesinos de Colombia (Anuc) se creó por medio de la Resolución 061 de mayo de 1967 del Ministerio de Agricultura, y del De-creto 755 de 1967. Su primer objetivo fue inscribir a arrendatarios y aparceros como propietarios, además de permitir acceso al Estado y a la banca. Un pueblo de Bolívar De mi infancia extraño los juegos con mis hermanos. Extraño también a mi padre y a mi madre. No-sotros no teníamos ni siquiera un lugar para vivir, pero te-níamos una familia y la naturaleza, éramos muy unidos. Eso sí: mis padres no nos daban mucho cariño, pero bueno, seguro por eso soy fuerte y me sobrepongo a las adversi-dades. Ellos eran agricultores, sacaban unas cosechas buenas. A los catorce años, yo me fui a trabajar a Cartagena con una tía, y a los diecisiete años, quedé en embarazo. Me devolví. Cuando mi hija tenía como dos años, este pueblo empezó a c
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