Casi todas las religiones nos hablan del infierno como lugar en el que las almas son torturadas eternamente. El judaísmo lo llama Gehena, la mitología clásica Tártaro y Hades, las religiones paganas Inframundo, y la tradición cristiana castellana Las calderas de Pedro Botero. Los profetas del Antiguo Testamento narran con claridad los tormentos del infierno y Dante en La Divina Comedia nos lo relata con una visión particular. La literatura y el arte nos ofrecen abundancia de imágenes infernales en las que las mujeres tiene su protagonismo: unas veces como pecadoras, otras como diablesas. En ocasiones el diablo adopta forma de mujer y se ofrece al hombre como deleite carnal. La cultura contemporánea, a diferencia de la medieval y la barroca, nos presenta la banalización de lo diabólico. El cine, la publicidad, el comic e incluso los videojuegos nos muestran otras visiones del infierno que se apartan del sentido iconográfico cristiano: Dios ha muerto; el mundo, el diablo y la carne han ocupado su lugar al tiempo que ofrecen a mujeres y hombres la comida del árbol del paraíso