Entre historia y ficción, Duras funda su relación con el judaísmo. A veces intrigada, otras fascinada, convierte al judío en un personaje tardío y recurrente en su obra a partir de los años ochenta. Sin pretender desentrañar lo real de lo ficticio, aquí se intenta poner de manifiesto cómo la percepción del judío se liga en ella, desde el punto de vista formal al nombre propio, y desde el punto de vista de su mitología personal, al conocimiento del dolor, a la inteligencia, a la memoria, a la subversión o, en la perspectiva de Edmond Jabès, a la dificultad de escribir