Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra
Abstract
Una categoría teológica del padre de la Reforma protestante, Martín
Lutero, sobresale por encima de todas las demás, el de la justificación
extrínseca del hombre. Por Cristo, según el doctor de Wittenberg,
nos encontramos elevados, pero no sanados interiormente por
la gracia que Cristo nos ha ganado. La cuestión es difícil y paradójica
de resolver, como lo muestran los siguientes versículos del Ps 50:
«Quoniam iniquitatem meam ego cognosco
et peccatum meum contra me est semper...
Asperges me hyssopo, et mundabor;
lavabis me et super nivem dealbabor» (v. 5; 9).
S. Tomás sí ha caído en la cuenta, pensamos, de la clave de este
problema: la gracia, o vida y amor divinos, se encuentra como accidente
que inhiere en el alma del justo. Fue Cristo quien, en toda
su vida, pero especialmente en su Pasión y Muerte, nos mereció esta
gracia, la liberación del pecado, y con ella —aunque sólo incoativamente—
la liberación del demonio y de la muerte