Entre el traslape campanudo de un segundo y otro, Tito Simón miraba letárgico una imitación de un cuadro español, entre una muchedumbre bonachona, de un restaurante pomposo y ladrillado del barrio Teusaquillo. El postre: uvas, su fruta preferida, sabía a limones embarrados, y la cerveza alemana caía pesada como un tanque del III Reich